Hoy es uno de esos días en los que haría las maletas y me iría donde me llevase el viento. California. Nueva York. París. Sidney. Truro. Donde fuera, pero lejos, lejos, lejos, lejos. Me llevaría mi ropa y mi dinero, y no diría nada hasta que no hubieran al menos dos mil kilómetros de distancia con la gente que me rodea.
Hemos ido al Il·lustre Col·legi d'Advocats de Barcelona de excursión, y el sitio es una pasada. Me he enamorado de su biblioteca, toda de madera y atestada de libros. Precioso. Y, justo cuando salíamos a almorzar, he recibido la llamada de mamá: hoy no podía quedarme a comer en casa de Erizo porque mi abuelo (que está en Navarra) se ha puesto malo y lo ingresan. En estado de shock, se lo he dicho a mi novio. Se ha enfadado porque "He estado mucho tiempo preparando la comida". Me ha faltado un segundo para mandarle a la mierda y cortar con él, pero me he contenido y me he ido a los lavabos con Palmera. Se lo he contado todo y me ha tranquilizado un poco, pero el cabreo aún lo tenía. Además, Erizo se ha puesto malo y casi se desmaya. Me ha pedido perdón un montón de veces, pero... Es que ha sido muy fuerte. Es que casi le dejo. Es que mi abuelo está ingresado con pneumonía, habiendo perdido 7 kg y con más de ochenta años. ¿Qué se supone que tengo que pensar? Estoy hecha polvo. Con Erizo se ha arreglado la cosa, pero... No lo sé. Estoy muy confusa, muy cansada y muy triste y preocupada.
No voy a mostrarlo.
Sólo quiero huir. Carretera y manta.
Por suerte, estoy en casa de mi Tata, con mi tía del pueblo y mi abuela. Es lo más lejos que puedo escaparme.
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