Bueno, ya toca actualizar un poco el blog. El problema es que lo que tengo que contar o es nimio o no es muy halagüeño. Digamos que el verano está siendo bastante triste. Mi abuelo está enfermo, avanzando a lo inexorable, y mi abuela está muy alterada por esto, tanto que muchas cosas le saben mal y hay veces en las que no se le puede decir nada. Mi madre está saturada entre el trabajo y sus padres y ya se sabe que siendo yo la que está en casa, el estrés se muestra en mi presencia.
Además, con el tema de la mudanza de mis abuelos (su casa está en un cuarto piso sin ascensor y, teniendo uno 83 años y la otra 78, hay que replantearse las cosas), hubo jaleo con mi padre por el sonido del timbre. Sonará estúpido, pero así es. El timbre del interfono del nuevo piso de mis abuelos suena durante varios segundos al darle al botón de abrir. Pues bien, mi madre llegaba de comprar bebidas y, al ver que, en efecto, el sonido duraba durante varios segundos, mi padre, que había estado muy borde e insoportable durante todo el día y no sólo conmigo, se acercó a ver por qué no cesaba. Mi abuelo y yo le fuimos detrás, explicándole el tema de la duración del ruido de apertura de la puerta, y él, con su buen humor y su dulzura, nos mandó a callar.
-Pero papá, que suena así.
-Calla.
-Te lo digo en serio, es así y...
-Se puede haber atascado-hay que leer esto con el tono más desagradable que te puedas imaginar.
-Que no, que suena durante un rato...
-Lo sabré yo-mirada de superioridad y entonación de estar de vuelta de todo y de "tú-eres-tonta".
-¡Lo sabré yo mejor, que he estado en esta casa más veces que tú y he llamado al timbre y he abierto la puerta!-aquí yo ya estaba al borde del grito y con la adrenalina correteando por mi cuerpo. En serio, estaba cabreadísima.
-Cállate-¿me estás amenazando con esa voz?
-¡Que me dejes en paz! ¡Que no estás en toda la semana y para un día que te veo me hablas así!-espeté yo. Tenéis que imaginarme con la cara roja de impotencia, el ceño fruncido y la mirada fulminante. No recuerdo qué más me estaba diciendo después, la verdad es que tampoco le hice caso con la ofuscación que llevaba encima-. Vale, que me dejes. Que no me hables... Que me dejes tranquila.
Esto fue el sábado o el domingo pasado, no me acuerdo, pero mi padre, Don Orgullo y Rencor (en esto salgo a él, sólo que no es tan exagerado) no me ha dirigido la palabra desde entonces. Cuando llega a casa de dondequiera que pase el día y yo estoy acostada, ni siquiera asoma la cabeza por la puerta de mi cuarto para ver si estoy dormida o qué. Tampoco cuando se va por las mañanas.
A ver, es verdad que me pasé en el tono, pero era el que empleaba él, ni más ni menos. Además, tenía toda la razón en lo que dije, pero no es sólo aplicable a esa semana. Apenas tengo recuerdos de él en casa y, cuando está, todo son caras largas y un humor de perros. Pues perdona, pero estoy cansada de tu amargura. ¡Que soy tu hija, coño! ¡Que me estás perdiendo!
Y me sabe muy mal estar así con él, pero para una vez que me desahogo... Para una vez que me expreso libremente... No voy a ceder. No voy a disculparme. No voy a arrastrarme.
La pequeña Doña Orgullo y Rencor, sí. Pero es que tengo razón, por Dios. Al menos intento algo. Le he dejado una nota en su mesita de noche: "¿Vamos a estar así toda la vida o qué? Tu hija". A saber si la leerá o si la entenderá o si hará algo al respecto.
En fin.
Lo que decía, un verano de mierda. Un verano de ciudad de calor húmedo y pegajoso, de hospitales, de nada-que-hacer. Y se supone que éste es mi mejor verano. No tengo deberes, no tengo que estudiar, no tengo que estresarme por la Universidad... He sacado unas notas envidiables (sin contar gimnasia, plástica y mates, claro) y estos tres meses tienen que ser mi merecido descanso, un espacio de tiempo en el que relajarme y dedicarme a despreocuparme y ser feliz.
Y una mierda.
El Universo se está riendo en mi cara, en serio.
Además, la medio-rutina que tenía con Chismosa de ir a correr por las mañanas también se ha ido al traste porque, como ella no desayuna, le dio una lipotimia. Y menos mal que ese día estaba su madre también haciendo ejercicio. Sentencia: "Se acabó lo de ir a caminar".
Dios mío, no sé qué voy a hacer hasta que empiece el curso... Ni tampoco sé qué quiero hacer cuando comience. No sé, simplemente, esto es un ciclo burlón y muy malintencionado. Si alguien, Dios o quien fuese, controlase el tema de la vida, no creo que fuera tan hijo de puta, siendo clara.
-Pero papá, que suena así.
-Calla.
-Te lo digo en serio, es así y...
-Se puede haber atascado-hay que leer esto con el tono más desagradable que te puedas imaginar.
-Que no, que suena durante un rato...
-Lo sabré yo-mirada de superioridad y entonación de estar de vuelta de todo y de "tú-eres-tonta".
-¡Lo sabré yo mejor, que he estado en esta casa más veces que tú y he llamado al timbre y he abierto la puerta!-aquí yo ya estaba al borde del grito y con la adrenalina correteando por mi cuerpo. En serio, estaba cabreadísima.
-Cállate-¿me estás amenazando con esa voz?
-¡Que me dejes en paz! ¡Que no estás en toda la semana y para un día que te veo me hablas así!-espeté yo. Tenéis que imaginarme con la cara roja de impotencia, el ceño fruncido y la mirada fulminante. No recuerdo qué más me estaba diciendo después, la verdad es que tampoco le hice caso con la ofuscación que llevaba encima-. Vale, que me dejes. Que no me hables... Que me dejes tranquila.
Esto fue el sábado o el domingo pasado, no me acuerdo, pero mi padre, Don Orgullo y Rencor (en esto salgo a él, sólo que no es tan exagerado) no me ha dirigido la palabra desde entonces. Cuando llega a casa de dondequiera que pase el día y yo estoy acostada, ni siquiera asoma la cabeza por la puerta de mi cuarto para ver si estoy dormida o qué. Tampoco cuando se va por las mañanas.
A ver, es verdad que me pasé en el tono, pero era el que empleaba él, ni más ni menos. Además, tenía toda la razón en lo que dije, pero no es sólo aplicable a esa semana. Apenas tengo recuerdos de él en casa y, cuando está, todo son caras largas y un humor de perros. Pues perdona, pero estoy cansada de tu amargura. ¡Que soy tu hija, coño! ¡Que me estás perdiendo!
Y me sabe muy mal estar así con él, pero para una vez que me desahogo... Para una vez que me expreso libremente... No voy a ceder. No voy a disculparme. No voy a arrastrarme.
La pequeña Doña Orgullo y Rencor, sí. Pero es que tengo razón, por Dios. Al menos intento algo. Le he dejado una nota en su mesita de noche: "¿Vamos a estar así toda la vida o qué? Tu hija". A saber si la leerá o si la entenderá o si hará algo al respecto.En fin.
Lo que decía, un verano de mierda. Un verano de ciudad de calor húmedo y pegajoso, de hospitales, de nada-que-hacer. Y se supone que éste es mi mejor verano. No tengo deberes, no tengo que estudiar, no tengo que estresarme por la Universidad... He sacado unas notas envidiables (sin contar gimnasia, plástica y mates, claro) y estos tres meses tienen que ser mi merecido descanso, un espacio de tiempo en el que relajarme y dedicarme a despreocuparme y ser feliz.
Y una mierda.
El Universo se está riendo en mi cara, en serio.
Además, la medio-rutina que tenía con Chismosa de ir a correr por las mañanas también se ha ido al traste porque, como ella no desayuna, le dio una lipotimia. Y menos mal que ese día estaba su madre también haciendo ejercicio. Sentencia: "Se acabó lo de ir a caminar".
Dios mío, no sé qué voy a hacer hasta que empiece el curso... Ni tampoco sé qué quiero hacer cuando comience. No sé, simplemente, esto es un ciclo burlón y muy malintencionado. Si alguien, Dios o quien fuese, controlase el tema de la vida, no creo que fuera tan hijo de puta, siendo clara.
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