Tengo esto tan abandonado como cualquiera de las historias que he empezado y se han quedado al principio del trayecto. La culpa fue del verano.
No, qué va. La culpa es mía, porque ya no sé qué compartir, porque soy leída por gente que me conoce demasiado bien y más gente que sólo empieza a hacerlo. Y yo soy muy misteriosa. Un libro que cualquiera desearía leer pero que no está al alcance de todos.
¿A quién intento engañar? Eso no es cierto. Lo que pasa es que no me da la gana que cierta gente pueda llegar a enterarse de mis problemas. Y ya.
Así que, ¿por qué escribo aquí? Pues porque me he encariñado, y no puedo dejar colgado este blog. Dentro del escaso registros de comentarios que he recibido a lo largo de prácticamente dos años, cada uno de ellos ha sido especial y me ha hecho sacar una sonrisa, me ha empujado para seguir redactando mi día a día.
O sea que, ahora que me ha dado este ramalazo de cariño por la gente a la que realmente me gustaría enseñarle esto (más que nada a los perfectos desconocidos), voy a explicar un poco de estos meses de pausa rutinaria.
Bueno. Mamá, papá y yo hemos pasado unos días en la playa. A ver, que me encanta el olor del mar y estar bajo el agua y estas cosas, pero no soy de pasar una semana en una orilla porque todos los inconvenientes de la playa se magnifican. Llamadme rara, pero a mí me dejas en el monte (con alguien que me mate las arañas) o me sueltas en una gran ciudad, o en una ciudad mismamente si es que es interesante, y soy feliz.
Y esa ha sido toda mi semana de "desconexión".
¿Nunca has sentido cómo todo se escapa de tus manos? ¿Alguna vez has notado cómo pierdes el control de absolutamente todo, cómo te das cuenta de que jamás te has gobernado a ti mismo? ¿Nunca te has sentido una enana isla desierta en medio de un mar de gente? Todo pasa. Las cosas acontecen y no puedes hacerle nada. Y sientes que tú también estás pasando, y que sólo eres un espectador de tu vida. Es como cuando estás deprimido, que dejas de sentir nada, y cuando tienes ansiedad, que lo sientes todo multipilcado por mil, y dejas de saber qué hacer. Tampoco sabes qué pintas en este mundo, ni siquiera tienes idea de lo que quieres, mucho menos de lo que eres. Y estás perdido. Y nadie te salva. Nadie.
Sí. Eso es la rutina.
No hay comentarios:
Publicar un comentario